Tu influjo sobre mí ataca estos días más que nunca. Hará cosa de un año, por estas fechas, desperté una mañana y te preparé el desayuno, sin comprender bien por qué te había odiado y amado tanto, si era en aquel sencillo estado de calma a punto de estallar cuando todo encajaba; tú durmiendo, yo esperándote en el sofá, taza en mano, corazón en silencio. Queriendo dártelo todo con los ojos muy abiertos aún a sabiendas de que cuando subiéramos las persianas huirías de mi ombligo y el verano se abriría entre nosotros como un abismo, vistiéndolo todo de fugacidad, de irrealidad, de día incierto que no tuvo número en calendario ni rostro parecido a mis pupilas.
¿Sabes cómo me siento? Imagíname vestida de pétalos blancos, alrededor de mi muñeca una cadena interminable de metal. Hace unos meses prometo olvidarte, después de todo aquello que no puede resumirse ya, y echo a correr, dispersa, hacia todas partes, y tú quedas lejos, rozando el horizonte y observándome sin verme. De repente, un día, sin lógica aparente ni más motivo que cinco minutos en tiempo real para pensar con la cabeza y no con los pulmones, la cadena ya no da más de sí. Descubro, atónita, que como todo, tenía un final. La cadena vuelve a estrujarme, a empequeñecerme, vuelve a cortarme la circulación. Y los pétalos blancos resbalan por mi piel como poesía por las paredes del metro. Vuelvo a estar desnuda, a merced de una sucesión inacabable de porciones de hierro. Y es duro saberte sin libertad cuando creías haber roto de un tijeretazo con el pasado.
No lo entiendo, no entiendo cómo después de habernos destrozado como personas, todos los cuerpos que te hemos amado terminamos mirándote de nuevo, aún sabiendo que corrompes, que partes en mil. No entiendo cómo podemos depender de alguien como tú, aunque nuestra lucidez hable a gritos y sea tan obvio que ni siquiera mereces ser llamado persona. Y lo que menos entiendo es que no te quiero, no quiero volver a estar contigo, nunca más, no quiero que me silencies cortándome con la lengua ni que me abraces cuando miro por la ventana. No quiero nada de ti y, sin embargo, cuando pasas por mi lado y susurras puta me hundo, cuando me tratas bien salto por los pasadizos, cuando me tratas mal dibujo triángulos con mi propia sangre. Es un estado de dependencia terrible, inimaginable. No podría concebir, si no viviera en este charco, que alguien maltratara a otra persona y que ésta, a pesar del daño que le hiciera, le perdonara siempre porque, no quiere tenerla cerca, pero si la tiene lejos le duele todavía más, y su única solución es intentar acercarlo más a ella para no ahogarse, o mantener una distancia diminuta y franqueable, sonreírle e intentar no darle jamás motivos para que se enfade, pero nunca, nunca, tenerlo como enemigo, porque él tiene el poder, y cuando él dice calla, ella se rompe en mil.
Eres la más mala persona que conocí jamás, pero tienes la magia propia de aquellos que llegarán allá donde quieran, no por inteligencia ni por bondad, sencillamente por hipocresía bien llevada, desparpajo y corazón de piedra. Esto último fundamentalmente. No quiero oír nunca más 'pero Angie, si tú puedes olvidarlo si quieres'. No es cuestión de olvidar o no. A veces hay cuchillos que se clavan demasiado hondo en la piel, y dejan cicatriz para siempre, aunque ya no duelan. La cicatriz sigue ahí, algo parecido a cuando Frodo Bolsón parte hacia las Tierras Impercederas. Es superior a mí, me supera completamente. Te tengo tanto miedo, porque controlas todos mis hilos, y aún este verano no me he atrevido a abandonar el pantalón largo, por temor a ver de nuevo el recuerdo que dejaste de ti en mis piernas. Ésas cicatrices sí son físicas. Marcada, como un animal. Como un animal.